Temblor funcional

Los trastornos funcionales del movimiento representan una afección multifacética y debilitante caracterizada por diversos síntomas clínicos que no se alinean con la neuroanatomía y la neurofisiología de las enfermedades neurológicas típicas. La terminología ha evolucionado con el tiempo, y "funcional" ha reemplazado a términos como "psicógeno", "conversión" y otros, con el objetivo de eliminar implicaciones etiológicas que carecen de apoyo en la cabecera del paciente. Los trastornos funcionales del movimiento comprenden aproximadamente el 1,5% de los pacientes. Entre adultos y niños, el temblor funcional emerge como el fenotipo predominante, seguido de la distonía funcional. El diagnóstico se basa en gran medida en características fenomenológicas positivas más que en criterios de exclusión, lo que enfatiza la necesidad de un enfoque basado en el fenotipo respaldado por un examen neurológico experto. El proceso de diagnóstico es complejo, con sensibilidad y especificidad influenciadas por varios factores, incluida la falta de estándares de referencia para la comparación y evaluaciones no ciegas. El diagnóstico del temblor funcional requiere experiencia especializada debido a su incongruencia con los patrones neurológicos típicos y la dependencia de los hallazgos matizados del examen.
Si bien la fisiopatología exacta sigue siendo difícil de alcanzar, la excesiva concentración de atención, las creencias anormales y el deterioro del sentido de agencia desempeñan papeles fundamentales. Los modelos neurobiológicos resaltan la interacción entre la atención centrada en uno mismo y las predicciones anormales relacionadas con el movimiento, lo que lleva a acciones involuntarias desprovistas del control voluntario normal. La hiperactivación de la amígdala y las alteraciones de la conectividad funcional están implicadas como posibles marcadores biológicos, lo que subraya la complejidad de los trastornos funcionales del movimiento. La administración prioriza la evaluación integral, la educación del paciente y el fomento de una relación de confianza entre el médico y el paciente para coordinar la atención a largo plazo de manera efectiva. Los últimos años han sido testigos de un aumento en los ensayos de tratamiento controlados, lo que enfatiza la necesidad de medidas de resultados estandarizadas. En la práctica clínica se prefieren enfoques de tratamiento multidisciplinarios, adaptados a los síntomas y comorbilidades individuales, y se eligen entornos ambulatorios o hospitalarios en función de la gravedad de la discapacidad.